Avenida Andrés Bello, a la altura del Barrio Los Manolos.
Frontera entre Colinas de Los Caobos y Las Palmas.
La noche se percibía insondable, hermética como el pensamiento de mi novia. Una vez más eran las 9:00 PM, y la eterna y acostumbrada discusión premarital se prolongaba hasta la llegada del metrobús que la llevaría a su casa, de la única manera medianamente segura que quedaba en esta rancia ciudad.
Juro por Dios que esta vez sí me sacó la maldita piedra. Yo tenía los ojos encendidos de tanto hollín purulento expulsado por los vetustos autobuses que atravesaban la avenida a toda máquina, picando con sus homólogos, goteando moco ‘e pavo por sus narices adormecidas. Nuestros gritos en la parada de metrobús flotaban en el poluto humo de una Avenida Andrés Bello sin transeúntes habituales, esos que están en la calle durante el día; ni las putas ni los piedreros recojelatas que a ratos se paseaban frente a nosotros lograban descifrar el porqué de nuestra pelea, francamente yo tampoco. Lo cierto es que, esta vez, verdaderamente me sacó la maldita piedra.
Ocasionalmente, algunas patrullas de la policía se paseaban apuradas, sus sirenas pregonaban un inminente entuque, pero no se detenían ante el flagrante escenario de narcotráfico y trata de blancas (y negras) que se desenvuelve todas las noches en esta calle. Nuestra discusión requería tanta gritadera y tanta celopatía, que sin pensarlo nos envolvimos con una fina coraza que nos hacía inmunes al contexto. En otra circunstancia, me asustaría un poco estar hasta tan tarde en esa parada de carritos. Si estuviésemos callados, sumergidos en un eterno abrazo de melancólica y tierna despedida, seguramente los crackeros nos ladillarían sin cesar. Segurito que cada dos putas, se nos acercaría un loquito con el tradicional “Sálvame con 100 bolos pa’ comer”. Pero hasta los locos le huyen a ese tipo de peos, los huelen, los intuyen… es que lo podía notar en sus ojos vidriosos y rebosantes de bazuko, los tipos nos miraban de reojo, como diciendo “¡ni de vaina me acerco a esos dos a pedirles lo que es nada… pinga, esa cuaima grita mucho!”. ¿Será que los loquitos de la calle tuvieron una mujer que los volvió locos, e irremediablemente se imbuyeron en un oscuro submundo de alienación total?. Coño, si esta jeva no se callaba la boca, yo iba por el mismo camino.
Gracias a Dios, además del reloj de La Previsora, el metrobús era la única vaina puntual de esta ciudad.
La manera en que me dijo “Chao” fue tan áspera, y de algún modo “definitiva”, que su imagen alejándose de nuestro otrora happy ending se anidó en mi entrecejo como una basura en el ojo. El vacío se apoderó de mi alma en pocos minutos, y no podía más que traducirlo en un punzante sentimiento de culpa. Maldita sea, ¿es que no ve todo lo que he hecho por ella?, ¿es que nada de lo que hago la hace feliz?, ¿he sido una mierda de novio? Mi mente escupía preguntas que solamente podría contestarme esa niña hermosa que abordó el transporte público, y que tal vez nunca volvería a ver.
Autoflagelación: La única escapatoria para un depresivo
De pronto, y sin querer queriendo, la repulsiva fachada de la Avenida Andrés Bello (a esa hora) significó un hogar de vicios que desviarían mi tortura mental. Comencé a vagar sin rumbo a lo largo de la calle, jamás volteé a ver la entrada de mi edificio, no quería estar solo con el recuerdo de lo que pudo ser… ella.
Sinceramente no pensaba en nada, caminé hasta la primera arepera y pedí cuatro soleras “de las verdes, por favor”, una caja de Belmont y unos fósforos que anuncian un pote de aceite de cocina. Bebí como un vikingo invasor, cavilando la posibilidad de obtener placer a cambio de unas pocas monedas… ¿pocas monedas?, Revisé mis pantalones y me di cuenta de que estaba más limpio que un hippie en Choroní, así que corrí hasta la Policlínica Méndez Gimón, “ahí hay un cajero automático para los güevones que llegan a la Emergencia, y como no tienen seguro de vida, algún familiar debe desembolsillar 300 lukas para pagar el depósito… ¡qué bolas!… después se quejan de los médicos cubanos”.
Francamente no me importaba nada, ni la vida ni los reales. Con la mitad de la quincena en el bolsillo, esquivé a los lateros que hurgaban en la basura que los hombres blancos tanto se esmeran en producir… trabajar para consumir y luego desechar. Escuetamente, mi falta de voluntad me arrastraba hacia un solo deseo: Autoflagelarme.
Durante mi búsqueda por nada, noté a una carajita parada en frente de un hotel de mala muerte de la fantástica Avenida Andrés Bello, una niña bien dotada que tendría poco más de 16 años, desganadamente vestida, y acababa de despachar al último taxista a quién le había comerciado su cocha pechocha. Era una aprendiz de puta, con toda la apariencia de formar parte de ese 80% de la población a la que supuestamente ahora le pertenece el país. Caminé frente a ella y mi inexperiencia en estos menesteres me hizo seguir de largo. Al llegar a la otra esquina, mi corazón estaba hecho un 31 de diciembre en pleno cañonazo. Ya no pensaba en mi jevita, ex – jevita o lo que sea. Tenía el culo de esa chamita tatuado en los ojos, la sangre turbia por el rubio brebaje adornado con “un grado más”, y la arrechera que te deja el vacío de no sentir nada, ni siquiera por mí mismo… “¿Qué más da?… ya todo está perdido”.
Debo reconocer, que no sería humano si el remordimiento no me visitara en ocasiones para hacer de ángel bueno, pero ese momento se dibujaba como el fin de la existencia, el Y2K, el apocalipshit, el final de una era de felicidad “entre dientes” con una mujer sublime, esa que nunca recuperaría por mi falta de autocrítica, por mi desdén, por mis miedos, complejos y heterodoxia.
Tu bi continiu…
Nota a los lectores: Este blog es para ustedes. El final ya está escrito, pero los invito a especular cómo termina. Escriban un final “feliz” para este Cuento de Cuna del Tío Ergüe.